
“El espíritu sólo conquista su verdad
cuando es capaz de encontrarse
a sí mismo en el absoluto desgarramiento”
(Hegel)
Un espíritu que se conquista a sí mismo sólo al enfrentar su propio desgarramiento, esconde una subjetividad que sólo puede realizarse en la medida en que le corresponde enfrentar su propio límite. Vérselas consigo misma en la medida de su negación, su imposibilidad, su muerte. El vaciamiento de sí misma ocupa el lugar del soporte de su propia constitución verdadera y positiva.
El momento de la conquista es el momento del triunfo. Algo triunfa allí donde una conquista ocurre; algo se realiza. Ahora bien, este algo no es cualquier algo, si no precisamente aquel algo central, fundamental, que es el propio espíritu. El espíritu que es conciencia y autoconciencia en un movimiento doble, más unitario. Un momento que abre y marca y las diferencias en tanto que permanece igual a sí mismo. Un momento que subvierte el principio de identidad formal por cuanto el ser uno y múltiple, el ser y no ser, se corresponden inmediatamente en la totalidad que deviene de su unidad.
El momento del triunfo es aquí el momento en cual esta unidad y totalidad se observa en su fragmentación y diferencia; se abre como distinción y multiplicidad, pero en la misma medida se reconoce como la unidad y la totalidad que hace posible la operación de diferenciación. Una diferenciación que no puede acontecer si no es como operación que referencia su propia constitución unitaria, es decir, como momento de ello.
El triunfo del espíritu ocurre allí donde aparece su diseminación como momento en que, al mismo tiempo, aparece la referencia de su unidad. En este caso, tal diseminación no es otra cosa que el engaño de la diseminación; el espíritu se conquista a sí mismo en el momento en que hace frente a su propio engaño, o, más bien, en que hace frente a sí mismo en tanto que engaño de sí.
¿No describe, acaso, este enfrentar el engaño de sí, el movimiento de la propia subjetividad como operación constitutiva de su realidad?
Un engaño que no se funda en un “no saber”, si no precisamente en el “saber” del engaño, y permanecer en él como condición constitutiva de sí misma y como posibilidad de inscribirse en el presente, en tanto que aprehende lo que queda de realidad.
El problema de la representación del mundo como presentación del allí del ser allí de la subjetividad, en el cual ella puede -al mismo tiempo- reconocerse como tal, aunque de forma siempre tardía.
El desfase de sí misma, su fisura, abre el horizonte del conocimiento por medio de un constante retorno sobre sí, en la medida en que el contenido positivo del propio conocimiento deviene de su negatividad y de su extrañamiento.
La aprehensión del vacío[1] como vacío de algo que queda, como residuo de un movimiento en tránsito, permiten leer el problema de la subjetividad como un lugar en el cual se juega el horizonte total de la significación como problema de la verdad. El entramado en que la verdad posee el valor de tal y es capaz de constituirse, simultáneamente, como verdad del mundo y verdad del sujeto siempre en la forma de una determinación inmediata pero no contingente; ocupa el lugar de lo universalidad y deviene, por ello, en un más allá de un mero núcleo, vale decir, es siempre más que un objeto para conocer: corresponde al movimiento por el cual todo objeto se constituye como objeto que aparece, y que aparece ante y para una subjetividad que desea su aparición y aprehensión en tanto que verdad.
Existe aquí lo que podríamos denominar un doble juego, un despliegue inmediatamente en dos formas que corresponden al doble engaño del cual resulta aquello que ocupa, positivamente, el lugar de la verdad.
[1] Vacío como momento negativo de la verdad.








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