
Me abres los ojos, me despiertas.
Gritas en mi costado. No me dejas, sostienes
e insistirás en aparecer.
No quiebres el espejo, aún
no dejes las figuras dispersarse.
No ocultes el reflejo, aún
no dejes las siluetas desaparecer.
Congela tu sangre en fotografías
y déjame guardarlas entre libros deshojados.
Reúne tus palabras en vocal orgía
y déjalas jadear en mi oído desangrado.
No ocultes el reflejo, aún
no dejes las figuras dispersarse.
No quiebres el espejo, aún
no dejes las siluetas desaparecer.
Congela tu sangre en fotografías
y déjala jadear en mi oído desangrado.
Reúne tus palabras en vocal orgía
y déjame guardarlas entre libros deshojados.
Y si de pronto deja todo el mundo de obedecer el giro natural, rotación / traslación, velocidad y si de a poco un insecto comienza a entender el movimiento, la muerte, amanecer, desmoronar.
Una pregunta, un signo, un interludio necesario entre las espesas consideraciones de los hechos cotidianos.
Se abre la distancia inconmensurable entre aquí y allá, entre aquello y esto que carcome como termitas.
Entre el lugar de una redención posible y las gotas de agua míseras de una culpa hecha pedazos, vuelta trizas en el espejo formado de pupilas blanco y negro, blanco y rojo, rojo y negro, negro oscuro de razón y afectos. Negro opaco de segundos castigados bajo el sol de una mirada oculta.
Desde mi propia sombra te observo, respiras, respiras.
Lejos de mi deseo te dejo ir, respiras, respiras.
No hay cauces, no hay canales, no hay sendas prescritas.
Deja ir tu carne como una melodía y repósala en mi cuerpo.
Detén los golpes de tu pulso hasta que tus latidos se confundan con los míos.
Soy el lecho.
Soy la cripta.
Soy el nicho que posee el rostro y el signo de un padre.
Soy el hombre / Soy el hombre / Soy el hombre.
Gritas en mi costado. No me dejas, sostienes
e insistirás en aparecer.
No quiebres el espejo, aún
no dejes las figuras dispersarse.
No ocultes el reflejo, aún
no dejes las siluetas desaparecer.
Congela tu sangre en fotografías
y déjame guardarlas entre libros deshojados.
Reúne tus palabras en vocal orgía
y déjalas jadear en mi oído desangrado.
No ocultes el reflejo, aún
no dejes las figuras dispersarse.
No quiebres el espejo, aún
no dejes las siluetas desaparecer.
Congela tu sangre en fotografías
y déjala jadear en mi oído desangrado.
Reúne tus palabras en vocal orgía
y déjame guardarlas entre libros deshojados.
Y si de pronto deja todo el mundo de obedecer el giro natural, rotación / traslación, velocidad y si de a poco un insecto comienza a entender el movimiento, la muerte, amanecer, desmoronar.
Una pregunta, un signo, un interludio necesario entre las espesas consideraciones de los hechos cotidianos.
Se abre la distancia inconmensurable entre aquí y allá, entre aquello y esto que carcome como termitas.
Entre el lugar de una redención posible y las gotas de agua míseras de una culpa hecha pedazos, vuelta trizas en el espejo formado de pupilas blanco y negro, blanco y rojo, rojo y negro, negro oscuro de razón y afectos. Negro opaco de segundos castigados bajo el sol de una mirada oculta.
Desde mi propia sombra te observo, respiras, respiras.
Lejos de mi deseo te dejo ir, respiras, respiras.
No hay cauces, no hay canales, no hay sendas prescritas.
Deja ir tu carne como una melodía y repósala en mi cuerpo.
Detén los golpes de tu pulso hasta que tus latidos se confundan con los míos.
Soy el lecho.
Soy la cripta.
Soy el nicho que posee el rostro y el signo de un padre.
Soy el hombre / Soy el hombre / Soy el hombre.








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