
En la denominada “parrilla”, un catre metálico mojado de orina y agua, el cuerpo con ojos vendados recibe las descargas eléctricas en las plantas de los pies, los genitales, pezones, muñecas, bajo la lengua y en las sienes. Cada vez que se interrumpen los prolongados golpes eléctricos resuena el eco de una voz preguntando por el nombre de otros hombres, de otras mujeres, otros cuerpos, a quienes espera el mismo catre, más corriente, más preguntas.
El cuerpo tendido sobre la “parrilla”, con espumosa saliva en su boca, responde una y otra vez no saber, desconocer, no haber oído nunca esos nombres.
Los golpes de corriente no cesan sino hasta que el cuerpo yace inconsciente.
Muchos años más tarde, tres o cuatro generaciones de por medio, la voz interrogante es reconocida y llevada a juicio por cometer acciones de tortura. Un juez pide los nombres de sus acompañantes, de quienes dieron la orden, de otros cuerpos cegados e interrogados, pero la voz contesta no haber estado allí, no saber del hecho, no ser el dueño del eco resonante en cada interrupción de voltaje.
No hay testigos, no hay indicios, no hay señas particulares, no hay las denominadas “pruebas”. La voz mantiene su negativa ante el juez, tanto como mantuvo la negación el cuerpo electrocutado: en ambos casos, nadie sabe.
Palabra contra palabra, en la penumbra que generan una venda sobre los ojos y los años que transcurren -que son otra venda sobre muchos otros ojos- todo parece no haber sucedido. Sin embargo, en algún basural clandestino de la ciudad, entre plásticos, fecas, viejos neumáticos, latas y todo tipo de desechos, se oxidan lentamente el catre, los alambres y la manilla que subía y bajaba dando el paso de los aullidos.
El resto, la sociedad, nosotros, enterados por la prensa escrita, por segundos televisivos, por despachos radiales, de “noticias” como esta, acostumbramos y podemos -sin saber muy bien por qué- dormir tranquilos.
El cuerpo tendido sobre la “parrilla”, con espumosa saliva en su boca, responde una y otra vez no saber, desconocer, no haber oído nunca esos nombres.
Los golpes de corriente no cesan sino hasta que el cuerpo yace inconsciente.
Muchos años más tarde, tres o cuatro generaciones de por medio, la voz interrogante es reconocida y llevada a juicio por cometer acciones de tortura. Un juez pide los nombres de sus acompañantes, de quienes dieron la orden, de otros cuerpos cegados e interrogados, pero la voz contesta no haber estado allí, no saber del hecho, no ser el dueño del eco resonante en cada interrupción de voltaje.
No hay testigos, no hay indicios, no hay señas particulares, no hay las denominadas “pruebas”. La voz mantiene su negativa ante el juez, tanto como mantuvo la negación el cuerpo electrocutado: en ambos casos, nadie sabe.
Palabra contra palabra, en la penumbra que generan una venda sobre los ojos y los años que transcurren -que son otra venda sobre muchos otros ojos- todo parece no haber sucedido. Sin embargo, en algún basural clandestino de la ciudad, entre plásticos, fecas, viejos neumáticos, latas y todo tipo de desechos, se oxidan lentamente el catre, los alambres y la manilla que subía y bajaba dando el paso de los aullidos.
El resto, la sociedad, nosotros, enterados por la prensa escrita, por segundos televisivos, por despachos radiales, de “noticias” como esta, acostumbramos y podemos -sin saber muy bien por qué- dormir tranquilos.








1 comentario:
▬ años ke NO duermo (trankilo)
Publicar un comentario